La tormenta

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Retumba el fuerte sonido en las ventanas que, de repente, vibran. Tiembla ligeramente el suelo bajo mis pies. O eso me parece. Me encuentro sola, en la oscuridad de la noche, en medio del salón. A ratos se me pasa un poco el miedo y puedo volver a moverme por el pasillo con mi pequeño hijo en brazos. La fiebre no le baja, el cuerpecito le arde. Los mocos le impiden respirar al tumbarlo sobre la cama y la única manera de que pueda descansar es erguido y pegado a mi pecho.

Este lugar en el que vivo no me puede gustar más. En medio del campo, rodeada de árboles y prados verdes, sin ruido por las noches y con un aire limpio limpio al abrir las ventanas. Y al mismo tiempo, cuando estoy despierta y sola en medio de la noche, me parece un sitio aterrador. Es cierto que mi hijo me hace valiente. Si él no estuviera estoy segura que enterraría la cabeza bajo el nórdico y no saldría de ahí hasta que el día llegase. Pero como está él y me necesita fuerte yo…saco fuerzas de un lugar desconocido.

Paseo y paseo hasta que se calma y consigue dormirse. Y después de un tiempo de rigor necesario para asegurarme de que esta dormido, me digo que tengo que encontrar la forma de descansar para poder seguir sosteniéndolo cuando me necesite. Con un cuidado milimétrico coloco varios cojines sobre la almohada y empiezo a deslizarme para sentarme sobre la cama y apoyar ahí mi espalda. Poco a poco, muy poco a poco, no hay prisa. Cuando consigo recostar mi cuerpo me doy cuenta de que me olvide de cerrar la puerta de la habitación. Esa puerta es mi mayor protección, cuando la cierro siento que esa habitación en la que estoy con mi hijo está totalmente aislada del resto del mundo, fuera de cualquier peligro. Reúno las fuerzas para volver a levantarme y antes de que mueva las piernas un trueno suena casi sobre mi cabeza. Mi cuerpo se estremece y mi hijo se despierta sudado y a vivo llanto.

Se que la noche será muy larga… Y no puedo evitar pensar en que, en ese mismo momento, millones de mujeres estarán sosteniendo y cuidando a sus hijos en diferentes lugares del mundo. Que algún hilo invisible nos une, nos conecta, nos da la fuerza para perder el miedo, para vencer al agotamiento. Es como un canal por el que fluye energía de unas a otras, para que siempre sepamos que no estamos solas.

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